Una larga y esbelta figura caminaba con determinación por el sendero. La luz de la nívea luna bañaba sus brazos y su cabello, y la tenue sombra que proyectaba su cuerpo serpenteaba junto a ella. Vestía una larga falda, de sedas oscuras y ondeantes, junto con un corsé bordado en plata.
Hacia frío, pero el cruel viento del norte, helador, no se atrevía a rozar su delicada piel.
Recorría una senda poco frecuentada, un escondido camino que bordeaba un alto y traicionero acantilado. Esto estaba a la derecha de la caminante, y a su izquierda un paraje desolado de verdes colinas dibujaba un cuadro hermoso y triste. No había animales, no se atisbaba evidencia alguna de presencia humana. Solo el mar, rugiente, que luchaba por alcanzar su adorado cielo, y las estrellas, que brillaban inertes en el firmamento, la acompañaban.
Seguía andando, sin detenerse, cuando comenzó a entonar una dulce melodía. Susurraba, pero el sonido delicioso, que sin palabras hablaba de amor y dicha, se oía mas alto que las bravas olas, y sus pies descalzos comenzaron a danzar al ritmo de su voz.
Giraba sobre si misma, con los ojos cerrados y las manos alzadas, pero jamás se salía de la senda. Juguetona se aproximaba al borde, y con el mismo baile regresaba al centro del camino.
Y así continuó su avance, hasta que se detuvo en un saliente en la roca. Sus bellos pies no dudaron cuando se acercaron al borde del precipicio, y su voz tembló cuando tornó su cantar en un desgarrador y triste lamento, en un doloroso suspiro de soledad. La melancolía impregnó el ambiente y logró que el mismísimo mar cesara en su tempestad. Las estrellas se apagaron y la luna se encogió, apenada por el terrible dolor que estaba siendo entonado.
Algunas lagrimas recorrieron el rostro perfecto de la mujer y fueron a parar al agua, donde se fundieron con los miles de zafiros que forman el mar.
Y, tan de pronto como había empezado, la bella dejó de cantar. Su cabeza se inclinó ligeramente hacia delante, y todo su cuerpo la siguió. Abrió los brazos, como si quisiera abrazar el mundo, y se dejó caer.
Sin embargo, su melena no llegó a mojarse en el calmado mar. Unos brazos firmes, deseados, la sostuvieron en el aire, la abrazaron, y la devolvieron a la tierra áspera.
No aflojaron el abrazo, sino que aquel ángel salvador la aferró fuertemente y la acunó hasta que su corazón roto comenzó a unirse, hasta que cada pesado recuerdo del dolor se hubo esfumado.
Ella abrió los ojos, incrédula, y contempló el rostro de la perfección. Observó con detenimiento cada detalle, sin creerse aun que pudiera contemplar lo que su mirada captaba. Tímida posó su frágil mano sobre la mejilla del hombre, sintiendo su calidez, y recorrió con el pulgar sus labios. Volvió a derramar lagrimas, pero esta vez de pura felicidad, y de su garganta brotó la risa mas hermosa y melodiosa que nadie pudiera desear oír. Su salvador también sonrió y, con sumo cuidado, tomó de la nuca a la dulce mujer para acercar sus rostros. Tiernamente, casi con miedo, el mortal posó sus labios sobre los de la hechicera, acariciándolos, bebiendo de ellos con avidez, haciéndola desear seguir respirando junto a él.
Suaves y sutiles palabras, algunas dulces,otras hirientes como garras, pero todas, absolutamente todas, salidas del corazón. No conozco mejor forma de contar, de decir, que invitando a otros a leer mi alma.
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viernes, 25 de marzo de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
Un ultimo viaje
Un suave y tímido sol de mayo iluminaba su piel, curtida por los años de trabajo incesante. El aire, glacial y salado, hacía que sus cansados ojos lloraran lagrimas perlinas, que a su vez se unían a las lágrimas de tristeza que resbalaban por sus mejillas. Con una mano áspera y arrugada recogió una de esas gotas de amargura y contempló como se desvanecía entre los surcos de su dedo.
Era viejo, demasiado incluso para poder seguir con lo que era su vida. El balanceo del barco se acentuó y el anciano levantó la vista al cielo. Una gran masa de oscuras y densas nubes comenzaba a ganar terreno al sol, que ya casi no se divisaba.
El hombre se sentó en el suelo de la embarcación, mientras jugaba con el anillo de oro que había en su mano izquierda. Sencillo y discreto, tal como le gustaban las cosas a María. Su querida y añorada María. Pensar en ella hizo que dejase de llorar. Hacia ya unos años que, a los pies de la cama del hospital, mientras acariciaba la mano de su adorada María, le había prometido que jamás lloraría cuando pensara en ella. Y él no podía faltar a la última promesa que le hizo a su mujer, a su compañera.
En la distancia observó como dos rayos iban a parar al mar y se estremeció.
Cojeando por culpa de su dolorida pierna levó el ancla y, arrastrando el rígido miembro, se alejó del timón. Llevaba muchos años recordándole que no era un chaval, que ya no podía salir a faenar, que tenía que quedarse en casa descansando. Tal vez, y sólo tal vez, mientras María vivía aquello había sido soportable, pero ya no podía quedarse sentado en su sillón, mirando por la ventana, escuchando el silencio que gobernaba en la casa. No podía.
Los médicos dijeron que su María había muerto de un infarto, pero él no lo creía. El corazón la había matado, si, pero porque estaba roto. Su María amaba a dos hombres, los cuidaba y mimaba cada día, pero cuando Jorge se estrelló contra aquel camión de camino al hospital y se salió de la carretera dando vueltas de campana, su corazón se rompió. Tardó semanas en parar de repetir que su hijo, su Jorge, tenía un gran futuro. Y fue peor cuando su nuera se llevó a Madrid a su nieta, sin tan siquiera poder conocerla. No conocían ni su nombre. Lo único que les quedaba de su hijo se había ido a la misma velocidad que él, pensó el viejo mientras besaba con ternura la alianza.
El barco dio una sacudida y el hombre se ató calmadamente en la cabina.
Otra sacudida.
Miró al cielo con la esperanza dibujada en loa ojos. No había miedo en su expresión cuando se sentó en el suelo y comenzó a rezar, dando gracias a Dios por todos los dones que le había dado en su vida; rogándole también por poder reunirse de nuevo con los dos pedazos que le faltaban a su alma.
Otra sacudida.
El capitán vio sonriente como el agua inundaba su hogar y, en paz, dejó que le arrullara suavemente hasta el fondo del mar.
Pero, antes de cerrar los ojos por fin, contempló a su amada María observando el horizonte, con una sonrisa angelical en sus labios, mientras su adorado hijo tomaba el timón una vez más.
Era viejo, demasiado incluso para poder seguir con lo que era su vida. El balanceo del barco se acentuó y el anciano levantó la vista al cielo. Una gran masa de oscuras y densas nubes comenzaba a ganar terreno al sol, que ya casi no se divisaba.
El hombre se sentó en el suelo de la embarcación, mientras jugaba con el anillo de oro que había en su mano izquierda. Sencillo y discreto, tal como le gustaban las cosas a María. Su querida y añorada María. Pensar en ella hizo que dejase de llorar. Hacia ya unos años que, a los pies de la cama del hospital, mientras acariciaba la mano de su adorada María, le había prometido que jamás lloraría cuando pensara en ella. Y él no podía faltar a la última promesa que le hizo a su mujer, a su compañera.
En la distancia observó como dos rayos iban a parar al mar y se estremeció.
Cojeando por culpa de su dolorida pierna levó el ancla y, arrastrando el rígido miembro, se alejó del timón. Llevaba muchos años recordándole que no era un chaval, que ya no podía salir a faenar, que tenía que quedarse en casa descansando. Tal vez, y sólo tal vez, mientras María vivía aquello había sido soportable, pero ya no podía quedarse sentado en su sillón, mirando por la ventana, escuchando el silencio que gobernaba en la casa. No podía.
Los médicos dijeron que su María había muerto de un infarto, pero él no lo creía. El corazón la había matado, si, pero porque estaba roto. Su María amaba a dos hombres, los cuidaba y mimaba cada día, pero cuando Jorge se estrelló contra aquel camión de camino al hospital y se salió de la carretera dando vueltas de campana, su corazón se rompió. Tardó semanas en parar de repetir que su hijo, su Jorge, tenía un gran futuro. Y fue peor cuando su nuera se llevó a Madrid a su nieta, sin tan siquiera poder conocerla. No conocían ni su nombre. Lo único que les quedaba de su hijo se había ido a la misma velocidad que él, pensó el viejo mientras besaba con ternura la alianza.
El barco dio una sacudida y el hombre se ató calmadamente en la cabina.
Otra sacudida.
Miró al cielo con la esperanza dibujada en loa ojos. No había miedo en su expresión cuando se sentó en el suelo y comenzó a rezar, dando gracias a Dios por todos los dones que le había dado en su vida; rogándole también por poder reunirse de nuevo con los dos pedazos que le faltaban a su alma.
Otra sacudida.
El capitán vio sonriente como el agua inundaba su hogar y, en paz, dejó que le arrullara suavemente hasta el fondo del mar.
Pero, antes de cerrar los ojos por fin, contempló a su amada María observando el horizonte, con una sonrisa angelical en sus labios, mientras su adorado hijo tomaba el timón una vez más.
martes, 22 de marzo de 2011
Queridos sueños;
Espero que estéis bien dentro de vuestro rígido caparazón, protegidos de cualquier ataque externo. Lo espero, ya que sois mis únicos amigos.
Sois la representación perfecta de mi vida, tan perfecta que sólo puede ser eso, representación.
Como si de una obra de teatro se tratara, en mi ensoñada imaginación cada actor tiene un papel absolutamente idóneo, cada escenario se monta con la mayor delicadeza y el argumento entretiene. Pero, lo que es más, los diálogos los pongo yo, perdón, mi imaginación. Por que voy a seguir culpando de este delicioso artificio a ese resquicio de mi mente que se niega a dejar de desear y ver amapolas aun cuando es invierno, o simplemente ver amor donde sólo existe indiferencia.
En mi obra ideal él no es un amigo, no es una presencia a la que paso inadvertida. Es una mano que me salva de caer, un valiente guerrero de afilada espada que me defiende de mis enemigos, un dulce amante que me da calor en las noches de tormenta y una triste sombra cuando no estoy junto a él. Así filma mi corazón las escenas y después, en una tierna y errónea realidad, mi imaginación las proyecta sobre mi mente, de forma tan vívida y nítida, que a veces no logro discernir cual de las dos realidades que leen mis ojos es la que otros llaman verdad; porque para mí mi única verdad es ver su sonrisa cada mañana, ya sea ficción o no.
Prefiero esta locura ficticia, que me proporciona paz y felicidad, a un mundo donde, pese a ser denominado como real, solo se ofertan esperanzas marchitas y futuros en soledad que disfrazados de simpáticas amistades y meros cariños, hieren en lo más profundo, recóndito y vulnerable de mi ser; mi corazón.
Sois la representación perfecta de mi vida, tan perfecta que sólo puede ser eso, representación.
Como si de una obra de teatro se tratara, en mi ensoñada imaginación cada actor tiene un papel absolutamente idóneo, cada escenario se monta con la mayor delicadeza y el argumento entretiene. Pero, lo que es más, los diálogos los pongo yo, perdón, mi imaginación. Por que voy a seguir culpando de este delicioso artificio a ese resquicio de mi mente que se niega a dejar de desear y ver amapolas aun cuando es invierno, o simplemente ver amor donde sólo existe indiferencia.
En mi obra ideal él no es un amigo, no es una presencia a la que paso inadvertida. Es una mano que me salva de caer, un valiente guerrero de afilada espada que me defiende de mis enemigos, un dulce amante que me da calor en las noches de tormenta y una triste sombra cuando no estoy junto a él. Así filma mi corazón las escenas y después, en una tierna y errónea realidad, mi imaginación las proyecta sobre mi mente, de forma tan vívida y nítida, que a veces no logro discernir cual de las dos realidades que leen mis ojos es la que otros llaman verdad; porque para mí mi única verdad es ver su sonrisa cada mañana, ya sea ficción o no.
Prefiero esta locura ficticia, que me proporciona paz y felicidad, a un mundo donde, pese a ser denominado como real, solo se ofertan esperanzas marchitas y futuros en soledad que disfrazados de simpáticas amistades y meros cariños, hieren en lo más profundo, recóndito y vulnerable de mi ser; mi corazón.
miércoles, 27 de mayo de 2009
En el vaiven de los recuerdos
Entré en la antigua y polvorienta mansión. Aun era muy temprano, y una suave claridad iluminaba pobremente la habitación. Muy leve era la luz, pero no tropecé con ella, no me choqué contra la deslucida mecedora. La última vez que la vi tenía ocho años y era una niña asustada que se sentaba sobre las rodillas de su abuela cuando no podía dormir. Pasé el dedo por el respaldo áspero y estropeado. ¡Que recuerdos!. Un coche pitó fuera; eran los compradores de la casa. Le dirigí una última mirada al envejecido sillón de madera y una muchacha sonriente me despidió desde la anticuada y raída mecedora con mirada melancólica, invitándome a sentarme y dejar que la gastada silla me balanceara. Me dormí acurrucada contra su alto respaldo, pero al despertar no había polvo ni telarañas, sino que me acunaba en brazos de mi abuela, sentada frente al fuego en la vieja mecedora.
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